Padre ¡cuídalos! Pentecostés 2020

Vigilia Pentecostes 1

Hola a todos y cada uno de ustedes, que nos siguen por medio de nuestras redes sociales, a Todos Paz y Todo Bien.

Nuestro calendario litúrgico, que nos presenta nuestra Iglesia universal, nos permitió recientemente vivir y celebrar la Ascensión del Señor a los Cielos. Es decir, hoy para algunos, al igual que en el tiempo donde Cristo partió al Padre y ante esta situación de orfandad rebrotan sentimientos de tristeza y desolación, experimentados por algunos apóstoles porque ya no lo verían más, porque todo había cambiado, panorama de incertidumbre y tinieblas, donde Jesús pide: Padre ¡cuídalos! Que gran semejanza con nuestra realidad existencial actual. Seguro que, si ponemos atención al sonido del viento, escucharemos la oración silenciosa que brota de nuestro corazón: Señor, ¡cuídanos!

Miles de preguntas nos asaltan, ¿qué viene ahora?, ¿dónde está nuestro Señor?, ¿quién nos cuidará? Llevamos 40, 50, 60 días de pandemia … Nuestra Iglesia nos recuerda que son 50 días desde la Pascua del Señor hasta la gran fiesta del Espíritu: Pentecostés. ¡Qué Fiesta hermanos! Los invito antes de celebrar que busquemos razones para hacer fiesta hoy y mantener prendida la luz de Cristo en nuestros hogares.

Preguntémonos ¿Qué espíritu es el que nos habita mis queridos hermanos y hermanas?

Ocurre que, sin darnos cuenta, estamos ocupados con un abanico de situaciones, preocupaciones, que el mundo nos sigue ofreciendo, aún en pandemia. Sólo esfuérzate en mirar por la ventana de tu casa y verás la cantidad de personas, que necesitan imperiosamente salir. Algunos a comprar la última novedad del tiempo, sin tomar la responsabilidad que la época que vivimos nos exige. Son diremos, los cautivos por el espíritu, las influencias publicitarias del momento.

Hermanos: ¿qué prioridades, que tipo de mundo, de opciones habitan hoy en mi corazón? ¿Qué hemos aprendido de este tiempo de confinamiento, de incertidumbre?

Pero, a pesar de nuestra quebrantada cotidianidad, somos habitados por el Espíritu de Dios. Un regalo que Dios nos hace para estar con nosotros, para que podamos dialogar desde el gozo de la soledad y silencio, desde nuestra interioridad con Dios Padre Uno y Trino.

La invitación está dada, Jesús nos dice también: “Reciban el Espíritu Santo”. ¿Cómo recibo este Espíritu? Fruto de la convivencia, dialogo y peticiones al Espíritu Santo, es que podemos recibirlo con madurez y certeza que Jesucristo actúa en nosotros. La vivencia de una Maduración Pascual plena, que nos lleva a ser discípulos y misioneros de la Paz y del Bien. Por tanto, la experiencia en adelante, será ser comunicadores, que habitados por este Espíritu Santo: Paráclito, nos hará apóstoles de la Esperanza.

Este Espíritu Santo, será clave para renacer, y en este contexto nuestra Comunidad Parroquial, siendo transmisora del carisma franciscano, pediremos con más fe que nunca, que nos guié el Señorío del Espíritu.

El pobrecillo de Asís, motivó a sus hermanos a vivir bajo la moción del Espíritu Santo. Y esta motivación como miembros de esta gran Familia Franciscana, debemos, desde nuestros servicios pastorales, asumir el “Guardar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo”, como lo indica en la 2da Regla 1,1 de vida de los hermanos. Seguir en otras palabras, como comunidad “la doctrina y las huellas de nuestro Señor Jesucristo (1ra Regla 1,1).

Es la invitación a reconocer plenamente, tanto en nuestra vida parroquial, como en la personal, el Señorío de Cristo. “Nadie puede decir: Jesús es Señor, mi Señor, sino en el Espíritu Santo” (Admonición 8,1; ¡Cor 12,3).

Así, reunidos como Comunidad Parroquial, por la acción del Espíritu, nos transformamos en hermanos y hermanas espirituales. Hermanos según el Espíritu. El lazo que nos unirá en adelante, en nuestra acción pastoral, será la acción del mismo Espíritu.

Pentecostés, un tiempo concreto, es un tiempo de gracia, que Dios nos tiene preparado, para que Él siga haciendo obras grandes en nosotros. Para el hermano Francisco, su proceder en lo cotidiano era discernir lo que Dios quería de él. El discernimiento, las preguntas que siempre salen de nuestro inquieto corazón, reciben respuestas, es la gracia por la cual la Comunidad por medio de la oración y la meditación de la Palabra, pedimos la orientación del Espíritu Santo, Señor, ¡cuídanos!

Hoy es la época propicia en que el Señor nos envía, como Familia Franciscana habitada por el Espíritu Santo a ser consuelo, aliento, animo, solidaridad, buen humor, creatividad, simpleza y ternura.

El que está habitado por el Espíritu de Dios, puede habitar en la persona de su hermano (a), en su mundo a la manera de Dios. En el don del Espíritu, es Dios mismo quien nos capacita para vivir en este mundo de la mejor manera que existe. Que no dejemos de manifestar nuestra vivencia a la manera del pobrecillo de Dios que nos lleva a conocer en profundidad a Jesucristo el Señor.

Ésta es la novedad de la fe que celebramos y anunciamos como Iglesia a nuestro mundo concreto y tangible y que, decaído por alejarse de Dios, necesita que le mostremos la esperanza y alegría de una nueva oportunidad de conversión. Se trata hermanos (as) de vivir en el mundo a la manera de Dios, con el gesto y la palabra oportuna, entregando la Paz y el Bien del Dios Omnipotente, uno y Trino. Gracias Señor una y mil veces gracias, por escuchar a tu hijo y cuidarnos.

Les invito, por último, a hacer oración esta reflexión.

«Espíritu Santo, llena mi alma con la abundancia de tus dones.

Dame el don de la SABIDURÍA
Para gustar las cosas que Dios ama y apartarme de los valores que me apartan del Evangelio de Jesús.
Dame el don de INTELIGENCIA.
Para vivir con fe viva toda la riqueza de la verdad cristiana.
Dame el don de CONSEJO.
Para que en medio de los acontecimientos pueda descubrir lo mejor y crecer en la fe bautismal.
Dame el don de FORTALEZA.
De manera que sea capaz de vencer todos los obstáculos que encuentre en el camino del seguimiento de Jesús.
Dame el don de CIENCIA.
Para discernir claramente entre el bien y el mal, la falsedad y la mentira, el camino ancho y la puerta estrecha que conduce al Reino.
Dame el don de PIEDAD.
Para amar a Dios como Padre y reconocer en los hombres y mujeres a los hermanos que tengo que servir y donde Dios me está esperando.
Dame el don de TEMOR DE DIOS.
Para escuchar y acoger con fidelidad la plenitud de la revelación realizada en el Hijo de Dios, Jesús de Nazaret, el Mesías.»

Hasta la próxima.

Fray Yanko, ofm

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